La música: Un poder transformador que trasciende la memoria

La música es lo único que entra en tu vida sin pedir permiso

- Marian Rojas Estapé

¿Alguna vez una canción te devolvió a una versión pasada de ti mismo, como si la música guardará fragmentos de tu memoria que ni siquiera sabías que seguían allí? Como cuando vuelves a escuchar una pieza y, de inmediato, te transporta a otro momento de tu vida. La música, aunque sea un lenguaje invisible, también es universal. Sus melodías y letras buscan comunicar con precisión aquello que sentimos pero no siempre sabemos expresar.

Por eso la conexión que establecemos con ella es tan profunda: la música nos da voz cuando nos faltan palabras y nos da color cuando no sabemos cómo pintar lo que sentimos.

Como seres humanos poseemos un estado emocional natural: aquellas emociones primarias que experimentamos al nacer y que, con el paso del tiempo, se transforman y se fusionan en estados más complejos. En cierta forma, nuestra vida se convierte en una búsqueda constante de la felicidad, un intento por regresar a ese equilibrio inicial. Pienso que la música nos reconecta con esas emociones primarias, devolviéndonos a un estado de tranquilidad y libertad. Así comprendemos que la música no es solo entretenimiento, sino un poder invisible capaz de registrar quiénes somos realmente.

Las personas vivimos la música de acuerdo con lo que somos. Mientras algunas disfrutan el rock, otras prefieren la música clásica. Nuestros gustos musicales reflejan quiénes somos, nuestros vacíos y aquello que deseamos comunicar. Por esta razón, no todos los cerebros funcionan de la misma manera. Algunos requieren una escucha activa para aprender una canción, mientras que otros poseen una memoria musical más desarrollada y pueden retener información sonora de forma casi automática. Aunque existen grandes diferencias en la manera en que interpretamos la música, su verdadera magia radica en que nos permite experimentar con precisión la emoción que el autor intenta transmitir. Es como si, a través del sonido, pudiéramos abrazarnos y compartir nuestro sentir. Este fenómeno ocurre gracias a la cognición social y a la empatía que la música despierta en nosotros. Las neuronas espejo, por ejemplo, son elementos cerebrales que facilitan que la música sea interpretada y percibida con mayor profundidad. Así, la música se convierte en un mensajero capaz de provocar en otro exactamente aquello que el creador quiso expresar.

Para que la música pueda ser creada desde una emoción y también interpretada, existen numerosos elementos musicales que permiten al compositor plasmar pensamientos, sentimientos y estructuras dentro de una obra. Entre ellos se encuentran el tempo, las tonalidades, las secuencias melódicas, las armonías, los recursos vocales y el ritmo. A través de investigaciones exhaustivas, entrevistas a profesionales y mi experiencia personal con la teoría musical, he llegado a la conclusión de que la música es como una cocina llena de ingredientes y utensilios: solo el conocimiento y la expresión personal permiten utilizar esos elementos de una manera específica para construir una composición y, así, materializar un estado anímico.

silhouette of man and woman playing guitars
silhouette of man and woman playing guitars

Cada elemento que la música trae consigo tiene un propósito y, dependiendo de cómo se utilice, puede reflejar significados distintos.

  • El tempo es la velocidad o el ritmo con el que se interpreta una pieza. Cuando una canción es lenta puede representar emociones de calma e incluso tristeza, mientras que una obra rápida puede evocar enojo o, al mismo tiempo, alegría. Todo depende de lo que se quiera comunicar.

  • Las tonalidades son una serie de notas musicales organizadas en un sistema jerárquico que parte de una nota principal llamada tónica. Según percepciones globales, cada tonalidad posee una especie de “personalidad”, ya que no solo genera una emoción, sino que puede representar una identidad completa gracias a la complejidad de sus notas, acordes e intervalos. Con este conocimiento, el autor puede escoger de manera crítica una tonalidad para expresarse a través de ella.

  • Las secuencias melódicas pueden ser lineales, rítmicas, ascendentes o descendentes. Su forma no sólo refleja, sino que también acompaña los altibajos y la estructura de una historia, reforzando el mensaje emocional que se desea transmitir.

  • Las armonías consisten en la interpretación simultánea de dos o más notas que suenan al mismo tiempo para crear una sonoridad equilibrada y profunda. Estas complementan y refuerzan la intención expresiva de la composición.

  • Los recursos vocales, por su parte, adornan la voz y fortalecen la emoción, la letra y, especialmente, la identidad vocal única de cada intérprete.

Cada componente musical también está influenciado por la cultura de un lugar. Por esta razón, la música refleja identidad e historia. Existen armonías características de ciertos países y tonalidades predominantes en géneros propios de distintas ciudades y regiones. Este arte no solo captura quiénes somos individualmente, sino también en qué nos hemos convertido, lo que hemos vivido y cómo lo hemos afrontado como sociedad. Por ello, la música muchas veces nos permite transportarnos a otros lugares y viajar entre culturas, épocas y continentes.

La música realmente nos transforma como personas, y no solo desde un nivel emocional y cultural. Escuchar música que nos gusta puede generarnos estados de bienestar y placer, fenómeno que ha sido ampliamente estudiado por la neurociencia de la música. Pero, ¿qué ocurre realmente en el cerebro cuando la escuchamos? Cuando una persona oye música, distintas áreas cerebrales se activan simultáneamente. El núcleo accumbens, por ejemplo, se activa y está directamente relacionado con la sensación de placer. También interviene el lóbulo frontal, asociado con la atención, como sucede cuando estudiamos. Además, se estimulan el lóbulo prefrontal, el área occipital y los lóbulos parietales y temporales. Gracias a esta activación múltiple, la escucha musical puede favorecer diversas funciones cognitivas. Por ejemplo, estimula áreas del lenguaje; algunas personas incluso afirman haber aprendido inglés escuchando canciones. Al generar una desconexión momentánea del entorno, la música permite que el cerebro se concentre en un solo estímulo, facilitando el aprendizaje al despejar la mente. La música influye en el cerebro de manera diferente según el tipo que se escuche: puede tranquilizar, relajar o activar la creatividad. Puede favorecer el sueño, mantener al cerebro en el tiempo presente, disminuir la ansiedad y reducir los niveles de cortisol. Además, estimula la liberación de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, relacionados con el bienestar y el placer.

Al activar tantas regiones cerebrales al mismo tiempo, la música puede generar efectos sorprendentes. Existen estudios que indican que puede incluso disminuir la sensación de hambre; algunas pacientes con anorexia, conscientes de este efecto, lo utilizan deliberadamente. La música activa múltiples áreas del cerebro, pero no lo hace de la misma manera en todas las personas. Su efecto depende del estado cerebral de cada individuo. Por ejemplo, en una persona con Alzheimer, la música puede activar directamente distintas regiones del cerebro, mientras que en una persona con amusia (una condición que impide procesar o comprender la música) no es posible interpretarla ni experimentarla plenamente. El cerebro es un órgano complejo y fascinante que constantemente busca adaptarse, preservar funciones e interpretar los estímulos que recibe. En relación con la música, intenta reorganizarse y encontrar maneras de procesar , incluso cuando otras capacidades comienzan a deteriorarse.

a woman sitting in a field with headphones on
a woman sitting in a field with headphones on
a violin sitting on top of sheet music
a violin sitting on top of sheet music

Si la música es capaz de activar empatía, memoria e identidad en un cerebro sano, ¿Qué ocurre cuando ese cerebro comienza a deteriorarse? El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa. En las personas diagnosticadas con esta condición, lo primero que suele afectar no es la memoria, sino el comportamiento. Antes de que aparezca un compromiso significativo de la memoria, es común que se presenten episodios depresivos, ansiedad e incluso trastornos psicóticos. Dependiendo del estado mental en el que una persona se encuentre, puede existir una mejor o menor recordación de la música. Resulta interesante observar que un paciente geriátrico diagnosticado con este tipo de trastornos aprende poco y presenta mayor dificultad para retener nueva información. Mientras que la curva de aprendizaje de una persona sin deterioro es ascendente, en una persona con compromiso cerebral tiende a ser descendente. Por esta razón, las canciones que estos pacientes logran cantar suelen ser aquellas aprendidas en la juventud y asociadas a una carga emocional significativa. Incluso quienes conservan una buena habilidad musical no están exentos del deterioro cerebral; sin embargo, es como si el Alzheimer respetará, en cierta medida, las áreas relacionadas con la música. Esto constituye una evidencia clara de cómo la música puede permanecer incluso cuando muchas otras memorias se han desvanecido.

A través de la experiencia que pude vivir al visitar el hogar geriátrico Atardecer Sereno, situado en Barranquilla, tuve la oportunidad de conversar con psiquiatras, conocer a personas que padecen la enfermedad y, especialmente, observar en vivo cómo reaccionaban ante mi musicoterapia.

Elegí enfocar la música hacia el Alzheimer porque, además de ser un campo profundamente interesante, representa una evidencia real de que la música es un poder invisible capaz de trascender la memoria. Existen personas que, después de desarrollar enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o el Parkinson, manifiestan habilidades musicales que no poseían antes del diagnóstico. En el hogar geriátrico conocí pacientes con demencias severas que aún eran capaces de tocar instrumentos. Es como si el conocimiento relacionado con la música trascendiera la memoria. También hay pacientes diagnosticados con Alzheimer que no pueden entablar una conversación, es decir, presentan afasia pero pueden cantar perfectamente una canción.

Uno de los pacientes con deterioro neurológico a causa del Parkinson comentaba que, antes de la enfermedad, no era capaz de componer música; sin embargo, años después del diagnóstico, compuso dos canciones. Incluso existen estudios que comparan cómo pinta una persona con Alzheimer antes y después del avance de la enfermedad, evidenciando mayor profundidad y una comprensión artística distinta. Esto demuestra que, en algunos casos, la enfermedad puede transformar y profundizar habilidades creativas, ampliando la percepción musical y artística. La música se ha convertido en una parte fundamental del tratamiento terapéutico, hasta el punto de que en algunos casos ha sustituido la medicación. Dentro del hogar conocí pacientes que llevaban más de tres años viviendo con la enfermedad sin tratamiento farmacológico, ya que la musicoterapia había generado efectos similares.

En Atardecer Sereno observé un patrón recurrente. Al conversar con los pacientes, comprendí que sus recuerdos más persistentes y su manera de expresarse estaban profundamente ligados a las pasiones que habían marcado su vida. Por ejemplo, Teresa Llinás, una paciente significativa con Alzheimer avanzado, al escuchar mi intervención musical comentó que era demasiado lenta y que su música favorita tenía un tempo mucho más rápido. Resulta impactante cómo lograba recordar con claridad aquello que la apasionaba. Este caso es una muestra de cómo la música permanece vigente incluso en personas que han perdido gran parte de su memoria.

Al conocer a estas personas y profundizar mis conocimientos sobre el Alzheimer y la música, comprendí qué elementos debía integrar en mi propuesta de musicoterapia para generar bienestar y, sobre todo, demostrar que la música es más que entretenimiento: forma parte esencial de quienes somos. Llegué a la conclusión de que, para que la musicoterapia sea efectiva en personas con Alzheimer, debe evocar épocas pasadas. La música que impacta con mayor fuerza a un adulto mayor es aquella que quedó grabada en su memoria más antigua. Con este propósito, utilicé recursos vocales, tonalidades y secuencias melódicas comunes en esas décadas, reforzando así mi teoría musical y adaptándola a una intervención dirigida a una población diagnosticada con esta enfermedad. Incorporé un tempo lento, característico de las baladas de su época, para estimular el recuerdo y, al mismo tiempo, generar tranquilidad. También empleé tonalidades nostálgicas como sol mayor, que además de haber sido frecuente en ese contexto histórico, posee una “personalidad” asociada con la calma y la alegría. Asimismo, utilicé intervalos familiares para crear una sensación de hogar y recurrí a la repetición melódica constante como estrategia para activar la memoria. Con el paso del tiempo, confirmé que la composición cumplía su propósito: cuando los pacientes escuchaban mi música, se relajaban físicamente y se evidenciaban cambios positivos en su comportamiento.

Después de una experiencia tan significativa para mí, mi propuesta de musicoterapia adquirió un propósito más profundo. Comprendí que la música no solo tiene el poder de transformarnos, sino que, incluso sin que lo notemos, también nos forma. Es parte de quienes somos y de nuestra identidad. La música es algo extraordinario que, si sabemos utilizar de la manera adecuada, puede ayudarnos a sanar nuestras propias heridas, incluso aquellas que son invisibles a nuestra propia vista. No es simplemente algo que recordamos; es algo que somos. Es un poder que trasciende la memoria.